El peligro de la apatía

mayo 6, 2012 at 10:44 pm Deja un comentario

“Sin embargo, la tribu de Benjamín no logró expulsar a los jebuseos, quienes vivían en Jerusalén. Por eso, hasta el día de hoy, los jebuseos viven en Jerusalén junto con el pueblo de Benjamín”
Jueces 1:21 (Nueva Traducción Viviente)

El libro de Jueces narra la historia del pueblo de Israel desde la muerte de Josué hasta antes de la época de los reyes. Mientras Josué estuvo al frente, Israel había conquistado parte de la tierra de Canaán y aniquilado a sus pueblos. Antes de morir, Josué fue muy enfático al mencionar que ninguna nación que habitaba en Canaán debía convivir con los israelitas, sino que debían ser expulsados (Josue 23:5-7). Josué esperaba que las cosas siguieran por el mismo camino después de su muerte.

Pero los primeros capítulos de Jueces nos narran algo muy distinto: por alguna razón, las tribus de Israel no pudieron expulsar a los habitantes. El capítulo 1 nos da un breve recuento tribu por tribu de cómo fracasaron en conquistar la tierra, y tuvieron que compartirla con las naciones paganas que ahí vivían.

 ¿Por qué no pudieron someter a las naciones paganas? Los israelitas podían dar varias razones: eran gente bien armada (Jueces 1:19) y muy determinada (Jueces 1:27), y era difícil derrotarlos. Pero la verdadera razón de su fracaso fue su falta de fe. Dios mismo les había prometido que El iba a expulsar a las naciones paganas (Josue 23:5); los israelitas no le creyeron a Dios, y se intimidaron ante los pueblos que tenían enfrente.

Al final, se volvieron apáticos, y se conformaron con convivir junto con esos pueblos. Hicieron pactos con algunos y sometieron a otros. Lo malo de todo esto es que ese no era el plan original de Dios; El se molestó con su actitud, y Dios mismo les hizo saber su destino al no mostrar interés en seguir su plan: esas naciones serían su perdición (Jueces 2:1-3).

Puede haber ocasiones en que un cristiano pueda sentir que le falta fe. Pero se vuelve un peligro cuando esa falta de fe le abre la puerta a la apatía. La apatía hace que nos conformemos con la situación actual de nuestra vida. No nos esforzamos por renovarnos (Efesios 4:24), por sacar el pecado que nos estorba (Hebreos 12:1) y hacemos pactos de convivencia con el pecado que habita nuestro corazón. No nos esforzamos por conquistarlo para Cristo.

Dios nos ha dado todo lo necesario para una vida cristiana satisfactoria (2 Pedro 1:3); si creemos en esa promesa, tendremos el aliento y la motivación para conquistar día con día esos aspectos de la naturaleza humana que nos dominan y ofrecer a Dios un corazón dominado por su Espíritu.

Para reflexionar:

  • ¿Sientes que ya no peleas igual que antes por cambiar?
  • ¿Cómo puedes quitar la apatía de tu vida y volver a motivarte a renovarte para Dios?

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