Yo no olvido el año viejo

enero 25, 2018 at 9:52 pm Deja un comentario

“Pero si llegué a considerar la sentencia de muerte como algo inevitable, eso me enseñó a no confiar en mí mismo, sino en Dios que resucita a los muertos.”
(2 Corintios 1:9, BLPH)

Corre el año 2018. Ya casi se termina el mes de enero, pero no quise dejar pasar la oportunidad de hacer una reflexión de lo que el año 2017 significó en mi vida.

Una canción muy popular en México que se canta cada inicio de año, y que ha sido adoptada por los mexicanos (en realidad es colombiana de origen) dice “Yo no olvido el año viejo porque me ha dejado cosas muy buenas”. Estoy seguro que muchas personas concuerdan con el verso anterior. Para mí, el año 2017, aunque tuvo muchas bendiciones, fue un año muy difícil

El año pasado atravesé por una prueba en el área profesional que se extendió por más de la mitad del año. Durante ese tiempo estuve sometido a una cantidad de trabajo increíblemente inusual como parte de un proyecto que no tuve opción de rechazar. Yo, gustoso, lo hubiera desechado, pero compromisos previos me impidieron hacerlo.

Ese tiempo estuvo marcado por enormes sacrificios. Pasaron semanas enteras sin que descansara un fin de semana completo. Cuando dedicaba tiempo para mi, me remordía la conciencia de no ocupar ese tiempo en avanzar el proyecto. Mi familia resintió mi ausencia. La ansiedad estaba presente todos los días debido al temor de no poder terminar (un párpado no me dejó de temblar en varios meses).

Creo que a nadie nos gusta pasar por una prueba. Pero Dios lo permite porque de esa manera podemos aprender cosas de Él que, de otra manera, nunca aprenderíamos. Las pruebas son grandes oportunidades de aumentar y refinar nuestro conocimiento del Padre, y ese definitivamente fue mi caso. Hay un par de lecciones que quedaron grabadas en mi corazón:

1. Mi vida espiritual es muy frágil

“Sabemos, pues, que la ley pertenece a la esfera del espíritu. En cambio, yo no soy más que un simple mortal vendido como esclavo al pecado.” (Romanos 7:14, BLPH)

Durante ese tiempo me hice más consciente de mi naturaleza pecadora, y de lo fácil que puede ser que esa naturaleza vuelva a apoderarse de nosotros. Estando tan cansado y ansioso, muy seguido me topé con la tentación de encontrar consuelo y descanso en las conductas pecaminosas. Sobra decir que ahí no encontré ninguna de esas dos cosas. Satanás ha convencido al mundo que sus medios para relajarse y aliviar el dolor son muy efectivos con el único objetivo de mantenerlos esclavizados.

El pecado tal vez nos desconecte por un momento de la realidad; pero al momento de regresar a ella nos sentimos peor, ya que las cosas siguen igual. Las pruebas no han desaparecido. La ansiedad regresa de nueva cuenta.

¡Vengan a mi todos los que estén cansados y agobiados, y yo les daré descanso! (Mateo 11:28, BLPH)

Cuando me di cuenta de los efectos de mi conducta, tuve que aprender a refugiarme en aquel que tiene el control de mi vida y todo lo que me rodea, y el único que podía darme verdadero descanso. En cada oportunidad oraba a Dios para que Él se convirtiera en mi roca de apoyo (Salmos 31:2); para que me diera la capacidad de enfrentar los retos (Salmo 18:34) y me llenara de gozo (Salmo 51:8).

No fue fácil mantener una relación con Dios en ese tiempo, pero la perseverancia dio sus frutos. Poco a poco vi cómo Dios iba cambiando el panorama. Los objetivos iban avanzando; situaciones que parecían adversas Dios las tornó en beneficiosas para mi; el proyecto fue tomando estabilidad. Al final, dos semanas antes del plazo, el proyecto finalizó de manera exitosa. Al final, pude decir como el salmista:

“Canten al Señor un cántico nuevo
porque ha hecho maravillas;
su diestra, su santo brazo,
le ha dado la victoria.” (Salmo 98:1 BLPH)

2. La importancia de sentirse perdonado.

“Con la muerte de su Hijo,
y en virtud de la riqueza de su bondad,
Dios nos libera y nos perdona los pecados.” (Efesios 1:7, BLPH)

En medio de la presión producida por las pruebas, es muy fácil ceder a la tentación de buscar un escape. En mi búsqueda de alivio tomé decisiones que no fueron las más adecuadas, lo cual lastimó mi relación con Dios. Oré buscando su perdón y busqué apoyo en amigos cristianos. Mi relación con Dios había sido reparada, o al menos así me debía sentir.

Resultó que durante varios días después, la conciencia seguía acusándome. El Acusador estaba haciendo su trabajo. Me sentía a disgusto con la prueba que estaba viviendo, pero más que eso, me sentía enojado conmigo mismo por la manera en cómo estaba reaccionado, y llegué a pensar que Dios se sentía igual de mí.

“Si, por el contrario, reconocemos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos purificará de toda iniquidad.” (1 Juan 1:9, BLPH)

Una vez que hemos reconocido y confesado nuestro pecado, y hemos pedido perdón a Dios, es muy importante que realmente nos sintamos perdonados. En ocasiones el pecado deja una huella tan profunda que, aunque hayamos tomado todos los pasos para la restauración, podemos ser víctimas de la culpa por la manera en que hemos actuado. Eso nos mata espiritualmente. Nos priva de disfrutar a plenitud de la gracia de Dios. Si Él ya nos perdonó y nos purificó, hay que sentirnos perdonados.

Dios no espera una vida totalmente libre de pecado. Seremos pecadores hasta el último respiro que hagamos, y eso Él lo sabe muy bien. Nuestra vida estará compuesta por un patrón de fracturas y reparaciones de nuestra relación con Dios. Lo que si espera es que, cuando seamos conscientes de que hemos pecado, tomemos el camino que nos lleve de nueva cuenta a Él, que nos lleva a la sanación (Santiago 5:16), y una vez ahí, que disfrutemos la libertad de haber sido perdonados por la sangre de Cristo.

Al igual que Pablo durante una de sus estancias en Éfeso, tuve momentos muy obscuros de desesperanza. Pero esa desesperanza me sirvió para aprender a no confiar en mi capacidad de enfrentar los problemas, sino en Dios. Al final de cuentas fue Él quien me sostuvo con su misericordia, y me permitió salir de la prueba con valiosas lecciones aprendidas.

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