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Yo no olvido el año viejo

“Pero si llegué a considerar la sentencia de muerte como algo inevitable, eso me enseñó a no confiar en mí mismo, sino en Dios que resucita a los muertos.”
(2 Corintios 1:9, BLPH)

Corre el año 2018. Ya casi se termina el mes de enero, pero no quise dejar pasar la oportunidad de hacer una reflexión de lo que el año 2017 significó en mi vida.

Una canción muy popular en México que se canta cada inicio de año, y que ha sido adoptada por los mexicanos (en realidad es colombiana de origen) dice “Yo no olvido el año viejo porque me ha dejado cosas muy buenas”. Estoy seguro que muchas personas concuerdan con el verso anterior. Para mí, el año 2017, aunque tuvo muchas bendiciones, fue un año muy difícil

El año pasado atravesé por una prueba en el área profesional que se extendió por más de la mitad del año. Durante ese tiempo estuve sometido a una cantidad de trabajo increíblemente inusual como parte de un proyecto que no tuve opción de rechazar. Yo, gustoso, lo hubiera desechado, pero compromisos previos me impidieron hacerlo.

Ese tiempo estuvo marcado por enormes sacrificios. Pasaron semanas enteras sin que descansara un fin de semana completo. Cuando dedicaba tiempo para mi, me remordía la conciencia de no ocupar ese tiempo en avanzar el proyecto. Mi familia resintió mi ausencia. La ansiedad estaba presente todos los días debido al temor de no poder terminar (un párpado no me dejó de temblar en varios meses).

Creo que a nadie nos gusta pasar por una prueba. Pero Dios lo permite porque de esa manera podemos aprender cosas de Él que, de otra manera, nunca aprenderíamos. Las pruebas son grandes oportunidades de aumentar y refinar nuestro conocimiento del Padre, y ese definitivamente fue mi caso. Hay un par de lecciones que quedaron grabadas en mi corazón:

1. Mi vida espiritual es muy frágil

“Sabemos, pues, que la ley pertenece a la esfera del espíritu. En cambio, yo no soy más que un simple mortal vendido como esclavo al pecado.” (Romanos 7:14, BLPH)

Durante ese tiempo me hice más consciente de mi naturaleza pecadora, y de lo fácil que puede ser que esa naturaleza vuelva a apoderarse de nosotros. Estando tan cansado y ansioso, muy seguido me topé con la tentación de encontrar consuelo y descanso en las conductas pecaminosas. Sobra decir que ahí no encontré ninguna de esas dos cosas. Satanás ha convencido al mundo que sus medios para relajarse y aliviar el dolor son muy efectivos con el único objetivo de mantenerlos esclavizados.

El pecado tal vez nos desconecte por un momento de la realidad; pero al momento de regresar a ella nos sentimos peor, ya que las cosas siguen igual. Las pruebas no han desaparecido. La ansiedad regresa de nueva cuenta.

¡Vengan a mi todos los que estén cansados y agobiados, y yo les daré descanso! (Mateo 11:28, BLPH)

Cuando me di cuenta de los efectos de mi conducta, tuve que aprender a refugiarme en aquel que tiene el control de mi vida y todo lo que me rodea, y el único que podía darme verdadero descanso. En cada oportunidad oraba a Dios para que Él se convirtiera en mi roca de apoyo (Salmos 31:2); para que me diera la capacidad de enfrentar los retos (Salmo 18:34) y me llenara de gozo (Salmo 51:8).

No fue fácil mantener una relación con Dios en ese tiempo, pero la perseverancia dio sus frutos. Poco a poco vi cómo Dios iba cambiando el panorama. Los objetivos iban avanzando; situaciones que parecían adversas Dios las tornó en beneficiosas para mi; el proyecto fue tomando estabilidad. Al final, dos semanas antes del plazo, el proyecto finalizó de manera exitosa. Al final, pude decir como el salmista:

“Canten al Señor un cántico nuevo
porque ha hecho maravillas;
su diestra, su santo brazo,
le ha dado la victoria.” (Salmo 98:1 BLPH)

2. La importancia de sentirse perdonado.

“Con la muerte de su Hijo,
y en virtud de la riqueza de su bondad,
Dios nos libera y nos perdona los pecados.” (Efesios 1:7, BLPH)

En medio de la presión producida por las pruebas, es muy fácil ceder a la tentación de buscar un escape. En mi búsqueda de alivio tomé decisiones que no fueron las más adecuadas, lo cual lastimó mi relación con Dios. Oré buscando su perdón y busqué apoyo en amigos cristianos. Mi relación con Dios había sido reparada, o al menos así me debía sentir.

Resultó que durante varios días después, la conciencia seguía acusándome. El Acusador estaba haciendo su trabajo. Me sentía a disgusto con la prueba que estaba viviendo, pero más que eso, me sentía enojado conmigo mismo por la manera en cómo estaba reaccionado, y llegué a pensar que Dios se sentía igual de mí.

“Si, por el contrario, reconocemos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos purificará de toda iniquidad.” (1 Juan 1:9, BLPH)

Una vez que hemos reconocido y confesado nuestro pecado, y hemos pedido perdón a Dios, es muy importante que realmente nos sintamos perdonados. En ocasiones el pecado deja una huella tan profunda que, aunque hayamos tomado todos los pasos para la restauración, podemos ser víctimas de la culpa por la manera en que hemos actuado. Eso nos mata espiritualmente. Nos priva de disfrutar a plenitud de la gracia de Dios. Si Él ya nos perdonó y nos purificó, hay que sentirnos perdonados.

Dios no espera una vida totalmente libre de pecado. Seremos pecadores hasta el último respiro que hagamos, y eso Él lo sabe muy bien. Nuestra vida estará compuesta por un patrón de fracturas y reparaciones de nuestra relación con Dios. Lo que si espera es que, cuando seamos conscientes de que hemos pecado, tomemos el camino que nos lleve de nueva cuenta a Él, que nos lleva a la sanación (Santiago 5:16), y una vez ahí, que disfrutemos la libertad de haber sido perdonados por la sangre de Cristo.

Al igual que Pablo durante una de sus estancias en Éfeso, tuve momentos muy obscuros de desesperanza. Pero esa desesperanza me sirvió para aprender a no confiar en mi capacidad de enfrentar los problemas, sino en Dios. Al final de cuentas fue Él quien me sostuvo con su misericordia, y me permitió salir de la prueba con valiosas lecciones aprendidas.

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enero 25, 2018 at 9:52 pm Deja un comentario

Nuestra visita a Saltillo

“En esto conocerán todos que son Mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros”
(Juan 13:35 NBLH)

El fin de semana pasado mi familia y yo tuvimos el gran privilegio de acompañar a los hermanos que integran la iglesia en la ciudad de Saltillo, Coah. Para mí, hablar de la iglesia en Saltillo es algo que mueve fibras muy sensibles de mi corazón, ya que mi esposa y yo tuvimos la dicha de pastorear por un tiempo esa iglesia; tiempo en el cual viví muchos de los momentos más felices (y también los más difíciles) de mi vida cristiana. Hicimos grandes amistades que, a pesar de la distancia y el tiempo, aún conservamos. Mi hija mayor nació en esa ciudad al final de nuestra estancia en esa ciudad. Por estas y otras muchas razones la iglesia es, emocionalmente hablando, muy significativa para mí.

Llegamos el sábado en la tarde y nos instalamos en el cuarto de hotel. Después de comer algo en el restaurante, y gozando de una magnífica vista de la ciudad, hice los últimos ajustes a la clase que iba a impartir el día siguiente. Ya caída la noche, fuimos a pasear a la Alameda: un lugar precioso y familiar donde mi esposa y yo tuvimos oportunidad de convivir como familia. Poco después nos vimos con un par de grandes amigos y fieles hermanos, Alex y Doris, y aprovechamos para ir a cenar a un lugar cerca de ahí, en el centro de la ciudad. Tuvimos una charla muy amena, en donde nos pusimos al día en nuestras vidas. También platicamos de nuestra espiritualidad, y de cómo poder aprender a estar más cerca de Dios en los momentos difíciles.

A la mañana siguiente nos dirigimos al salón donde se reúne la iglesia. Hablé acerca del papel que desempeña la iglesia dentro del plan de salvación de Dios basada en Efesios 3. Fue una clase que ya anteriormente había impartido en Monterrey, pero también quise que mis hermanos en Saltillo escucharan. La iglesia ha pasado por algunas dificultades últimamente, y para poder superarlas es muy importante que todos conozcamos el plan de Dios con respecto a la iglesia. De esa manera podremos transmitir con más fidelidad la sabiduría de Dios a las personas que nos rodean.

Al final del servicio hubo un convivio organizado por los mismos hermanos de la iglesia. Cada hermano llevó un platillo para compartir y todos comimos muy rico y con una sobremesa muy amena. Fueron momentos de mucha alegría y nostalgia de convivir con nuestros viejos amigos, y de gozo al conocer a los nuevos hermanos. Después de la convivencia Pedro y Dolores (un matrimonio recién llegado a la ciudad) nos hicieron el favor de llevarnos a tomar el autobús de regreso a Monterrey. Regresamos sintiéndonos muy amados por la iglesia y por Dios.

No todo fue color de rosa. Nuestra hija más pequeña regresó con mucha tos y fiebre (la jornada dominical terminó en la sala de urgencias del hospital), nos topamos con personas abusivas cuando necesitábamos algún servicio, y alguien había roto la tubería que conecta al medidor del agua de nuestra casa. Al final, el domingo en la noche, mi esposa me preguntó: “¿Crees en el diablo?” Así como Dios trabaja, el diablo también lo hace. No sabe que ya tiene la derrota asegurada (Heb. 2:14).

noviembre 17, 2012 at 10:43 pm Deja un comentario

Injusticia divina

“¡Vive Dios, que me rehúsa justicia,
y el Omnipotente, que me ha colmado de amargura,
que, mientras en mi quede un soplo de vida
y el hálito de Dios aliente en mis narices,
jamás mis labios proferirán falsedad,
ni mi lengua musitará una mentira!”
(Job 27:2-4 Trad. Nácar Colunga)

Es imposible permanecer indiferente ante la historia de Job. Cuando ésta es conocida por primera vez, nadie puede evitar pensar cómo es posible que el cielo descargue todo su peso contra una persona como lo hizo con Job.

A lo largo del libro de Job, vemos al otrora hombre rico y poderoso,  en un ir y venir en sus pensamientos, tratando de encontrar la lógica de su sufrimiento. Satanás no logró el objetivo que buscaba, que era hacer que Job maldijera a Dios (2:5), pero sí hizo que surgieran en Job serias dudas acerca de la capacidad de Dios para mantener un orden justo en el mundo. La escritura arriba mencionada nos muestra un resumen del pensamiento de Job en esos duros momentos: un compromiso férreo con Dios de lleva una vida intachable, pero con una gran sombra de amargura por permitir tantas injusticias en su vida.

Hay muchas lecciones para la vida que podemos obtener de este libro. Una de las más valiosas es la que podemos obtener del ejemplo de Job en el momento en que dijo esas palabras: la libertad de expresarle a Dios lo que hay en nuestro interior. Muchos cristianos encontrarían censurable el decir que Dios es injusto, y prefieren obligarse a tener ideas y hablar palabras que suenan correctas, dejando a un lado lo que realmente sienten en momentos difíciles.

Dios anhela convivir con hijos que le expresen lo que realmente hay en sus corazones. En la búsqueda de la paz, Job dijo muchas cosas que pueden sonar impropias para un cristiano, pero al final fue esa comunicación con Dios lo que le permitió encontrar una respuesta. Lejos de censurarlo, Dios le mostró el camino a Job para encontrar la verdad; pero eso solamente se pudo dar a través del desahogo de lo que había en su mente y corazón.

¿Piensas que Dios te ha abandonado? ¿Que no te ama? ¿Que es injusto? ¿Que no es digno de confianza? No te lo guardes: exprésaselo. No hay enojo o amargura tan grande que no se puedan diluir en el infinito mar de su amor. Al ser expresivo con Dios estarás construyendo una intimidad más grande, y aprenderás a conocerlo mejor. Tenemos la libertad de acudir a El en la hora de la necesidad (Hebreos 4:15-16) con la certeza que encontraremos la guía que nos hace falta para volver al camino.

Para reflexionar:

  • ¿Qué te gustaría decirle a Dios en estos momentos y que has tenido miedo de decirle?

febrero 18, 2011 at 7:23 pm Deja un comentario


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