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Lecciones trinitarias

Hace poco más de un año tuve la oportunidad de impartir, a los miembros de la iglesia a la que que pertenezco, un curso de introducción a la teología. Fue un curso que, desde el punto de vista personal, me dejó muy satisfecho porque tuvimos la oportunidad de estudiar aspectos de la persona de Dios sobre los que no pensamos muy a menudo. C.H.Spurgeon dijo hace poco más de 150 años que el estudio apropiado para el cristiano es la Deidad, y tenía toda la razón. Cuando el ser humano se aventura a estudiar y hacer lo posible por entender la naturaleza de la persona de Dios, no puede menos que quedar atónito ante lo vasto del tema y humillarse al reconocer que es algo que escapa al control de la mente humana.

Obviamente, un tema obligado a tratar dentro de este curso fue la doctrina de la Trinidad. Tratar de explicar la Trinidad es tratar de explicar lo inexplicable. Durante casi 2000 años los grandes pensadores cristianos han tratado de exponer de la manera más clara posible los fundamentos de esta doctrina, encontrándose siempre con la misma limitante: no ha existido un lenguaje humano que contenga las palabras que expresen de manera exacta los conceptos expuestos por esta doctrina. Esta limitante se debe a que dichos conceptos no encuentran cabida dentro de la lógica humana (lo cual no quiere decir que su existencia sea imposible).

A pesar de las severas limitantes que presenta el estudio de la Trinidad para la mente humana, podemos llegar realmente a conocer muchas cosas de ella, e incluso encontrar aplicaciones prácticas para nuestra vida derivadas de esta doctrina. Puesto que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:27), no es descabellado pensar que la naturaleza de la Trinidad se vea reflejada en las actividades de la humanidad.

Un punto de estudio muy importante en la doctrina de la Trinidad tiene que ver con la manera en cómo se relacionan las tres personas de la Deidad entre sí, y cómo se relacionan con la creación. A este respecto, los teólogos tienen una frase que dice “igualdad ontológica pero subordinación económica”. Dicho de manera sencilla, esta frase quiere decir que las tres personas de la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) son iguales en esencia. Ninguna persona es “más Dios” que las otras, sino que las tres personas tienen los mismos atributos y el mismo poder. La única diferencia que existe entre las tres personas se encuentra en los papeles que desempeña cada Persona con respecto de las demás y con respecto de la creación.

Un ejemplo de esto lo podemos ver en el rol que desempeña cada persona de la Trinidad en la salvación de la humanidad. El Padre planeó la salvación y envió al Hijo al mundo (Juan 3:16); el Hijo realizó nuestra salvación (Hebreos 10:5-7) y el Espíritu Santo aplicó la salvación a nuestras vidas dándonos vida nueva (Juan 3:5-8). Aunque las tres Personas de la Trinidad son iguales en esencia cada Persona tiene su papel, y cada Persona se somete o se subordina a las demás en el cumplimiento de su papel. El hecho de que una Persona de la Trinidad esté subordinada a las otras, no quiere decir que sea inferior o que sea “menos Dios” que las otras personas. Igualdad en esencia, subordinación en papeles.

¿Podemos sacar alguna aplicación práctica de este punto? Desde luego. Hay dos actividades humanas muy importantes donde podemos ver reflejado este principio:

1. El matrimonio. La Biblia nos enseña que Dios ha dado diferentes papeles al varón y a la mujer dentro del matrimonio. El varón es la cabeza del hogar, y tiene el papel de liderar a la familia, así como Cristo dirige la iglesia (Efesios 5:23). A la mujer se le ha dado el papel de proporcionar compañía y ser la ayuda que el varón necesita para liderar a la familia (Génesis 2:18). Desde un punto de vista machista (como desgraciadamente predomina), podría parecer que la Biblia hacer superior al varón sobre la mujer y, honestamente, no es difícil que un varón llegue a sentirse de esa manera. Pero nada más lejos de la realidad. La Trinidad (tres personas en una) y el matrimonio (dos personas en una) comparten la misma naturaleza. El varón y la mujer son iguales en esencia; ninguno es superior al otro. Ambos son seres humanos que Dios ha creado a su imagen (Génesis 1:27) y ante El no existen rasgos superiores o inferiores en cuanto a atributos. La única diferencia que existe entre las personas que forman un matrimonio reside en los papeles que desempeñan, y al igual que en la Trinidad, los papeles no hacen a una persona superior a la otra. Dios bendice a un matrimonio donde cada persona reconoce la igualdad del otro pero acepta subordinarse al papel que le corresponde. Igualdad en esencia, subordinación en papeles.

2. La iglesia. La Biblia nos enseña que la iglesia es el conjunto de personas que se ha sometido al señorío de Cristo, y que juntos forman un solo cuerpo: el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:27). Dios ha dotado de diversos dones a cada miembro de la iglesia (Romanos 12:6) y ha designado a miembros de la iglesia en ciertos roles (Efesios 4:11) con el fin de edificar a la iglesia entera y equipar a sus miembros para cumplir la voluntad de Dios (Efesios 4:12). La pluralidad de roles es indispensable para que la iglesia se mantenga sana (1 Corintios 12:12-31), y para que la dinámica de esa pluralidad de roles no se vea frenada, es importante que cada miembro se subordine a hacer el papel que le ha sido encomendado, y que se subordine a los roles que otros hermanos desempeñan (Efesios 5:21). Por desgracia, la iglesia en ocasiones suele confundir roles con jerarquías. El ser humano tiende a formar jerarquías en la sociedad usando diferentes criterios: posición económica, belleza, poder, etc., y esa tendencia humana se puede permear dentro de la iglesia. ¿De qué manera? Asignando a ciertos roles un estatus de jerarquía.

Ante Dios, cada ser humano que habita el planeta (y por lo tanto cada ser humano que forma parte de la iglesia) es igual. Dios no hace distinción entre la persona de origen noble y la persona de origen humilde, ya que ambos son su creación (Job 34:19). Así que cada persona tiene el mismo valor. Ningún hermano es superior o inferior a otro. La única diferencia que existe entre los cristianos que forman la iglesia se encuentra en los roles que desempeñan. Creer que algunos roles nos hacen superiores (y por lo tanto enseñorearnos) por sobre otros hermanos es negar la misma naturaleza de Dios e ir en contra de la actitud que Dios nos pide dentro del cuerpo de Cristo (Romanos 12:3). En la verdadera iglesia de Cristo no existen las jerarquías entre hermanos. Cuando en la iglesia se forman jerarquías, ésta deja de ser la iglesia de Cristo. La única jerarquía que debe existir dentro de la iglesia es la de Cristo como cabeza (Colosenses 1:18). La Trinidad (tres personas en una) y la Iglesia (multitud de personas formando un solo cuerpo) comparten la misma naturaleza. Dios bendice a la iglesia que mira igual a cada uno de sus miembros pero que se subordina a su propio rol y al rol que otros hermanos desempeñan. Igualdad en esencia, subordinación en papeles.

julio 27, 2014 at 5:17 am Deja un comentario

Nuestra visita a Saltillo

“En esto conocerán todos que son Mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros”
(Juan 13:35 NBLH)

El fin de semana pasado mi familia y yo tuvimos el gran privilegio de acompañar a los hermanos que integran la iglesia en la ciudad de Saltillo, Coah. Para mí, hablar de la iglesia en Saltillo es algo que mueve fibras muy sensibles de mi corazón, ya que mi esposa y yo tuvimos la dicha de pastorear por un tiempo esa iglesia; tiempo en el cual viví muchos de los momentos más felices (y también los más difíciles) de mi vida cristiana. Hicimos grandes amistades que, a pesar de la distancia y el tiempo, aún conservamos. Mi hija mayor nació en esa ciudad al final de nuestra estancia en esa ciudad. Por estas y otras muchas razones la iglesia es, emocionalmente hablando, muy significativa para mí.

Llegamos el sábado en la tarde y nos instalamos en el cuarto de hotel. Después de comer algo en el restaurante, y gozando de una magnífica vista de la ciudad, hice los últimos ajustes a la clase que iba a impartir el día siguiente. Ya caída la noche, fuimos a pasear a la Alameda: un lugar precioso y familiar donde mi esposa y yo tuvimos oportunidad de convivir como familia. Poco después nos vimos con un par de grandes amigos y fieles hermanos, Alex y Doris, y aprovechamos para ir a cenar a un lugar cerca de ahí, en el centro de la ciudad. Tuvimos una charla muy amena, en donde nos pusimos al día en nuestras vidas. También platicamos de nuestra espiritualidad, y de cómo poder aprender a estar más cerca de Dios en los momentos difíciles.

A la mañana siguiente nos dirigimos al salón donde se reúne la iglesia. Hablé acerca del papel que desempeña la iglesia dentro del plan de salvación de Dios basada en Efesios 3. Fue una clase que ya anteriormente había impartido en Monterrey, pero también quise que mis hermanos en Saltillo escucharan. La iglesia ha pasado por algunas dificultades últimamente, y para poder superarlas es muy importante que todos conozcamos el plan de Dios con respecto a la iglesia. De esa manera podremos transmitir con más fidelidad la sabiduría de Dios a las personas que nos rodean.

Al final del servicio hubo un convivio organizado por los mismos hermanos de la iglesia. Cada hermano llevó un platillo para compartir y todos comimos muy rico y con una sobremesa muy amena. Fueron momentos de mucha alegría y nostalgia de convivir con nuestros viejos amigos, y de gozo al conocer a los nuevos hermanos. Después de la convivencia Pedro y Dolores (un matrimonio recién llegado a la ciudad) nos hicieron el favor de llevarnos a tomar el autobús de regreso a Monterrey. Regresamos sintiéndonos muy amados por la iglesia y por Dios.

No todo fue color de rosa. Nuestra hija más pequeña regresó con mucha tos y fiebre (la jornada dominical terminó en la sala de urgencias del hospital), nos topamos con personas abusivas cuando necesitábamos algún servicio, y alguien había roto la tubería que conecta al medidor del agua de nuestra casa. Al final, el domingo en la noche, mi esposa me preguntó: “¿Crees en el diablo?” Así como Dios trabaja, el diablo también lo hace. No sabe que ya tiene la derrota asegurada (Heb. 2:14).

noviembre 17, 2012 at 10:43 pm Deja un comentario


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